Mi aullido

MI AULLIDO
 
He leído el desaliento en las mejores mentes de mi generación,
que fue también la tuya.
Los he visto sacrificar ideales en el altar de la madurez y el realismo,
dejando que desconocidos encapuchados abonen su futuro
con una tierra homogénea
made in disappointment.
Los he visto llorar en secreto,
mordiéndose los puños durante horas,
fingiendo después que pueden seguir caminando a gatas
sin sentir la espalda herida, la moral descompuesta.
Los he visto luchar contra Utilidad,
huir de Utilidad,
bajar la cabeza ante Utilidad,
gritar de furia a Utilidad,
adorar con angustia, con remordimientos,
a Utilidad,
pregonar Utilidad a los que todavía no se rinden.
Los he visto sentados en filas,
rodeados de incomprensión,
fingiendo escuchar a profesores ignorantes,
dogmáticos,
impersonales,
indiferentes,
despreciativos,
ciegos,
autoritarios,
incapaces.
Los he visto calificados,
medidos,
obligados,
comparados,
humillados en nombre de la educación.
Los he visto aullando en la penumbra
de un cuarto de baño público,
escondiendo las lágrimas del espejo y del ojo,
avergonzados,
doloridos,
asombrados por los sofisticados engranajes poliméricos
de la gigantesca máquina de la mentira.
Los he visto enloquecer bajo los relojes sociales,
bajo los mandatos sociales,
bajo la hipócrita decencia social,
bajo el ridículo social,
corriendo por callejuelas,
buscando su espacio entre baldosas,
escondiéndose para escapar de los soldados invisibles
que quieren sentarlos en la oficina,
que quieren nombrarles reyes de la escoba
y del recogedor,
que quieren ponerles el arma en la mano,
la calculadora en la mano,
que quieren pintarles sonrisas falsas
para satisfacer a clientes indiferentes y desconocidos,
que quieren ahogar su sexualidad distinta,
su manera personal de amar al otro.
Los he visto crear en secreto,
soñar en la oscura celda para no ser vistos,
destruir luego sus frutos sagrados
en un segundo de furia y temor
por un antiguo Esto es así, esto debería ser así.
Los he visto huir inútilmente de los tener,
de los deber, de los haber que,
de los imposible, de los difícil,
de los tú no.
Los he visto encogerse parcialmente
bajo el miedo que gobierna todas las regiones de nuestro Gris;
los he visto rebelarse los domingos,
resistir los lunes,
sucumbir los martes por la tarde.
Los he visto confabular en secretos bares sucios
los viernes por la noche,
hacer planes de batalla,
compartir esperanzas y entusiasmos
que se resisten a marchitar a pesar de la sequía,
a pesar de la hambruna, a pesar de la ignorancia,
a pesar de la prostitución del corazón y del intelecto.
Los he visto maldecir la moneda,
maldecir las estructuras,
maldecir el poder, maldecir la ley,
maldecir el trabajo;
los he visto arrodillados bajo el peso de no encontrar
una cabeza culpable.
Los he visto descompuestos,
deformados, mutilados,
inseguros, miedosos;
los he visto retrasar la hora de su resurrección por secreta
e inconfesable
desconfianza
de la verdad que buscan en sí mismos.
Los he visto maravillarse de su luz,
de su talento recién descubierto,
de su inteligencia,
de sus múltiples potencialidades;
los he visto levantarse
ahora y después,
apretar los puños,
erigir barricadas,
protegerse de la gran mentira
buscando en la voz del niño que fueron
la sabiduría original.
Los he visto admirar la belleza,
los he visto compadecerse,
los he visto emocionados, los he visto amar,
los he visto curarse,
los he visto sanando con paciencia las heridas del otro,
los he visto gritar la palabra fe.
Los he visto también callar,
los he visto llenos de dudas,
de miseria,
de odio,
de autorrechazo;
los he visto repugnarse ante la fealdad de los calendarios impuestos,
de las prisas,
de las expectativas de jefes,
profesores,
familiares,
parejas,
amigos.
Los he visto adorando al monstruo en público,
los he visto deformando sus palabras
para hacerlas sonar menos salvajes,
disimulando que son lo que son.
Los he visto destrozando al monstruo en la soledad
de la cama de su dormitorio,
a salvo entre el armario,
la pared y la ventana.
Los he visto razonar bien,
razonar mal, sentir a medias,
mentirse a sí mismos.
Los he visto arrastrándose de año
en año, preguntándose
cuando llegará el luego en el que han depositado
su idea de la felicidad;
los he visto dudar,
serios, desconfiados, aterrorizados,
de que la línea que siguen sus pies se dirija
a ese luego remoto,
mitológico,
cinematográficamente imposible,
que los mantiene hoy encadenados al pupitre del adulto.
Los he visto encogerse,
ocultarse,
disfrazarse,
amoldarse,
componerse,
enmascararse.
Los he visto repasando viejos atlas, soñando
con largos viajes a tiempos que ya no son,
donde el peso del ganarse la vida no exista,
donde respirar, reír,
jugar
sea un derecho natural incuestionable.
Los he visto anestesiarse con películas,
con libros,
con internet, con televisión,
con alcohol, sexo y chocolate,
con catorce
o dieciséis
horas de sueño;
los he visto huir de su ocio,
los he visto huir de su soledad,
los he visto cerrar los oídos, los ojos y el corazón
a la Pregunta.
Los he visto desesperar cuando al fin explota el Para qué,
cuando al fin explota el A dónde voy,
cuando al fin explota el Esto no es lo que deseaba,
derrumbando los artificios
que pretendían engañar la conciencia.
Los he visto aullar, gritar, vomitar
NO
NO
NO
NO
NO
NO
NO
Los he visto abrir los ojos de la pesadilla,
buscar ayuda,
tender la mano a sus hermanos de rebelión.
Los he visto crear de noche,
crear entre horas,
rezar a ese Dios abandonado,
rezar a ese Niño abandonado entre los castillos de arena
y los lápices de colores.
Los he visto llorar de alegría ante un puedes,
abrazar en el pecho el octógono LIBERTAD,
unirse en grupos de creación,
de resistencia,
celebrar misas en honor a la guerra sagrada de la liberación del alma.
Los he visto aprender por cuenta propia,
evolucionar día tras día, unirse conservando su individualidad,
los he visto alimentar su futuro con una nueva tierra
made in me.
He leído el desaliento en las mejores mentes de mi generación,
he leído los ingredientes del cambio en las mejores mentes de mi generación,
he leído la inflamación del alma en las mejores mentes de mi generación,
que fue también la tuya.
Estamos contigo en Rockland,
donde las paredes ilusorias colapsan,
donde acusas a tus psiquiatras de locura.
Tú lo dijiste primero:
¡Sagrados los milagros!
¡Santo el abismo!
¡Santa la sobrenatural-extra-brillante-inteligente bondad del alma!
 
Copyright © 2013. Lee Dorovan
Todos los derechos reservados. All rights reserved

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