Miguelito Battles the Pink Robots

MIGUELITO BATTLES THE PINK ROBOTS

 

Yo que tanto sabía, sobre el papel, de la Nada

no sabía que la Nada consistía en despertarse

un lunes a las dos con la cama empapada

y que aquello fuera sangre, y que la sangre viniera

del útero de Charo embarazada de tres meses

de mi pequeño, mi amado, mi precioso hijo Miguel.

 

La Nada prosiguió en una sala de urgencias,

una médico que dijo que no había nada que hacer

y nos mandó para casa, a esperar un milagro,

durante dos días. Qué sabía yo, de la Nada,

o la Nada de mí, y ahí nos vimos las caras,

nos sacudimos bien. Y los días pasaron,

pero no como días normales hechos de tiempo,

sino como libros eternos, de páginas iguales.

Te dije tantas, tantas veces las mismas frases

que me dio miedo que te hartaras de mí.

Te dije agárrate, quédate ahí con la mamma,

te dije ven, o salta de este lado,

o dame la mano hasta que se olviden de ti

éstos que vienen a buscarte, y sobre todo

te dije, Miguel, tienes que ver esto,

tienes que ver esto, muchachito, vas a ver.

 

Entonces yo, que tanto había leído de la Nada,

me preguntaba sorprendido: ¿qué tiene que ver?

¿qué es eso que estás viendo tan valioso

ahora, tras tus cursos de la Nada,

tu licenciatura en Nada, qué hay que merezca

ser visto, que no te puedes perder?

Ah, era ésa una pregunta difícil.

Yo ya sabía la respuesta, pero aún

no podía formularla, y miraba

las montañas del sur de la ciudad

repletas de pinos tostados, los árboles de las aceras,

lo poco que a mediodía en julio se ve

sin gafas de sol ni haber dormido,

más que nada miraba las chicas,

las nubes en fuga, el cielo azul

y repetía: Miguel,

tienes que ver esto, cómo puedes decirme

que vas a dejarlo todo, que te largas

a estudiar el lenguaje de las sombras

con todo lo que tengo que enseñarte,

con todo lo que aún no has visto por aquí,

pequeño Miguel.

 

Y llegó el jueves como llega

hasta en las pesadillas el final de la escalera

y te vimos moverte en una ecografía

con el corazón a ciento diez, y sonreímos,

y a mí volvieron las voces a preguntarme

qué era eso que había que ver

tan importante, si no creía en la Nada

y en el Existencialismo, yo, tan leído,

que qué pasaba con Beckett, entonces, que le dijera

a él lo que a Miguel un poco antes,

que volviera al redil. Y contesté:

qué coño. Y repetí: qué coño, señores,

de acuerdo que no hay Dios, pero qué importa

si tenemos esto otro: las montañas,

el camino hacia la playa (en ese punto

los dejé solos y hablé para Miguel),

y la brisa del mar y los pasteles de carne

y la voz de Keren Ann y a Miyazaki

y los libros de Žižek y los pechos de tu mamma,

cómo puedes pensar en perdértelo sin probar,

cómo puedes desertar sin hacerte tu lista

de placeres irrenunciables, contrastándolos todos,

sabiendo de qué hablas cuando hablas de amor.

Otra cosa no te doy, pero es suficiente,

y a cambio nada pido. O si acaso

que no te hagas concejal de Urbanismo

ni traficante de armas, que no le cuentes

a las madres de tus amigos

las palabras que te enseño en este poema,

lo mal que hablamos, tú y yo, cuando decimos la verdad,

los terribles insultos que lanzamos a los siervos de la Nada.

 

Copyright © 2015. José Daniel Espejo

Todos los derechos reservados. All rights reserved

Un pensamiento en “Miguelito Battles the Pink Robots

  1. Pienso que tu poema tiene una calidad narrativa que invita a leer y despierta la curiosidad. Su inicio es visual, casi cinematográfico. Parece un monólogo interior hablado de un filme. Luego me gustan expresiones como “licenciatura en Nada” o “estudiar el lenguaje de las sombras”. El tema es, o me parece a mí, novedoso. Te animo a continuar investigando las posibilidades poéticas que te brinda tu imaginación.

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